Petróleo a 100 dólares

  Petróleo a 100 dólares

La guerra en Irán que América Latina paga y cobra 

Por: María José García Calderón

Este 3 de noviembre, mientras Estados Unidos votaba en sus elecciones de medio término, los mercados miraban otra cosa: un nuevo ataque estadounidense sobre la isla iraní de Qeshm. El barril de Brent volvió a subir y cotizó cerca de los 106 dólares, después de haber caído más de un 7% el día anterior por la expectativa de nuevas negociaciones. La escena resume el año: el precio del petróleo se mueve al ritmo de una guerra que se libra a más de 12.000 kilómetros de Buenos Aires o de Lima, pero cuyos efectos se sienten en cada surtidor de la región.

El conflicto comenzó el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva conjunta contra Irán que terminó con la muerte del líder supremo Alí Jamenei, reemplazado luego por su hijo Mojtaba. Teherán respondió atacando bases estadounidenses, refinerías del Golfo y buques en el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas. La tregua acordada en abril duró poco: en julio los combates se reanudaron y, desde entonces, las rondas de negociación en Pakistán, Suiza y Qatar no lograron un acuerdo estable. En apenas dos meses, el Brent había pasado de unos 70 dólares a más de 110.

Para América Latina, sin embargo, la guerra no tiene un solo efecto. El Fondo Monetario Internacional advirtió en abril que este nuevo shock externo podría profundizar las brechas dentro de la región: proyectó un crecimiento regional de apenas 2,3% para 2026 y una inflación promedio de 6,6%, pero con resultados muy distintos según cada país sea exportador o importador neto de energía. Esa es, quizás, la línea divisoria más importante del año.

Del lado de los ganadores aparece, por primera vez con fuerza, Argentina. Vaca Muerta alcanzó en abril una producción de 616.000 barriles diarios, un 40% más que un año antes, y el petróleo crudo se convirtió en mayo en el principal producto de exportación del país, por encima del maíz y la soja. Según el INDEC, entre enero y septiembre el superávit energético llegó a 9.427 millones de dólares, el 44% de todo el superávit comercial. Brasil, por su parte, batió en marzo su récord histórico de producción, con más de 4,2 millones de barriles diarios, casi el 80% proveniente del presal. Guyana, Colombia y Ecuador también se encuentran entre los beneficiados por mayores ingresos fiscales y externos.

Pero conviene matizar el festejo. En el caso argentino, el récord exportador se explica más por el aumento de volumen que por la suba de precios: en mayo, las cantidades exportadas de combustibles crecieron un 78,5% frente a un 49,9% de los precios. Es decir, la guerra amplificó una tendencia que ya existía gracias a años de inversión en oleoductos, gasoductos y capacidad portuaria. Además, la misma guerra que encarece el crudo encarece el gas natural licuado que Argentina todavía necesita importar en invierno, cuyo precio llegó a superar los 20 dólares por millón de BTU, frente a los 8 a 12 habituales. En Brasil, el problema son los fertilizantes: el país importa más del 90% de los que usa su agro, y la urea, que llega en buena medida desde Irán y Qatar a través de Ormuz, pasó de unos 350 a 550 dólares la tonelada en pocas semanas. Ser exportador de petróleo no inmuniza contra la guerra, solo cambia la forma en que se la paga.

Del otro lado están los importadores. El caso peruano es elocuente: el país consume unos 240.000 barriles diarios equivalentes, pero produce apenas entre 30.000 y 40.000. Entre febrero y mayo, el galón de diésel pasó de 8,32 a 14,18 soles, una suba cercana al 70%, y el Gobierno tuvo que declarar en emergencia la comercialización de combustibles para combatir la especulación y garantizar el abastecimiento. En Chile, el gobierno de José Antonio Kast aplicó en marzo aumentos de más del 40% en la gasolina y de más del 60% en el diésel, lo que provocó protestas de estudiantes y cortes de ruta de transportistas. Kast defendió la medida como un ejercicio de “hablar con la verdad” y rechazó endeudar al país para subsidiar el precio. Según el FMI, sin embargo, los más golpeados son las economías de Centroamérica y el Caribe, que combinan alta deuda, dependencia del turismo y facturas energéticas que se dispararon.

Hay aquí una paradoja política que merece atención. Varios de los gobiernos más alineados con Donald Trump en la región, como los de Chile, Argentina, Ecuador o Panamá, son los que tuvieron que explicar a sus ciudadanos aumentos de precios originados en una guerra decidida en Washington. Milei suspendió un aumento del impuesto a los combustibles; Panamá, que había descartado subsidios, terminó congelando tarifas de transporte, electricidad y gas; y en Colombia, se anunció que los subsidios a la gasolina “ya no son posibles”. La afinidad ideológica con Estados Unidos no protegió a nadie del costo de su política exterior. Lo que sí marcó diferencias fue la solidez fiscal y la credibilidad de cada banco central para evitar que el shock se convirtiera en una nueva espiral inflacionaria.

La pregunta de fondo es qué hará la región con esta coyuntura. América Latina ya conoció bonanzas de materias primas que se esfumaron tan rápido como llegaron, y la del petróleo es especialmente volátil: bastó un rumor de negociación para que el Brent perdiera un 7% en un solo día. El propio Trump prometió que la guerra terminaría “justo después” de las elecciones de noviembre. Si eso ocurre, los ingresos extraordinarios de los exportadores pueden desaparecer en semanas, mientras los importadores quedarán con inflación acumulada y cuentas fiscales más débiles. El FMI recomendó evitar subsidios generalizados y focalizar la ayuda en los sectores vulnerables, una receta razonable pero difícil de sostener en contextos de protesta social.

Esta crisis deja, además, una lección regional. Mientras Perú y Chile pagan el petróleo y el gas a precio de guerra, Argentina y Brasil tienen excedentes de energía a pocos kilómetros de sus fronteras. La integración energética sudamericana, discutida durante décadas y casi siempre postergada, aparece hoy menos como un ideal que como una necesidad estratégica. Una red regional de gasoductos e interconexiones no eliminaría la exposición a los shocks externos, pero sí reduciría la dependencia de un estrecho controlado por terceros.

La guerra en Irán puede terminar en las próximas semanas o prolongarse durante meses. En cualquier caso, ya mostró algo que la región suele olvidar en tiempos de calma: en un mundo fragmentado, la seguridad energética es también una cuestión de política exterior. Los países que invirtieron en producción e infraestructura pudieron aprovechar la crisis; los que no lo hicieron quedaron a merced de ella. La duda es si América Latina usará esta ventana para construir una estrategia común o si, una vez más, esperará a que el precio baje para volver a olvidarse del problema.


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