Europa frente al desafío de construir una defensa propia
El cambio puede observarse tanto en el aumento del gasto militar como en la creación de nuevos instrumentos de financiación, programas de adquisición conjunta y proyectos destinados a fortalecer la industria europea de defensa.
De la dependencia a la preparación
Desde el 2022, con el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania, una transformación que ya estaba en marcha aceleró notablemente su ritmo. El conflicto fue, y continúa siendo, una muestra de las dimensiones que puede alcanzar un enfrentamiento directo de alta intensidad en territorio europeo, y puso en evidencia las limitaciones existentes en materia de municiones, defensa aérea, drones, capacidades espaciales, transporte estratégico y otras áreas consideradas fundamentales para sostener operaciones militares prolongadas.
En este contexto, la Unión Europea puso en marcha en marzo de 2025 el plan ReArm Europe, un mecanismo destinado a movilizar hasta 800.000 millones de euros para reforzar las capacidades de defensa del continente. La iniciativa busca aumentar la inversión militar de los Estados miembros, impulsar la industria europea de defensa y acelerar el desarrollo y adquisición de capacidades consideradas estratégicas, como defensa aérea, drones, municiones, ciberseguridad y sistemas espaciales. El aumento del gasto, sin embargo, constituye solamente una parte del proceso. El desafío europeo consiste también en transformar ese dinero en capacidades militares disponibles y, sobre todo, en desarrollar una base industrial capaz de producirlas.
Uno de los principales problemas de Europa es la fragmentación de sus capacidades militares, ya que los países europeos poseen industrias y sistemas de armas diferentes, lo que puede dificultar la interoperabilidad y aumentar los costos de adquisición y mantenimiento.
Es por eso que Bruselas intenta impulsar una mayor cantidad de proyectos conjuntos. El mecanismo Security Action for Europe (SAFE), aprobado en 2025, contempla hasta 150.000 millones de euros en préstamos para que los Estados miembros incrementen sus inversiones en defensa mediante adquisiciones comunes. La Comisión Europea señala que el instrumento busca acelerar la adquisición de capacidades críticas y fortalecer la base industrial y tecnológica europea.
Este cambio mostró su contraparte en las estadísticas. Según la OTAN, los aliados europeos incrementaron considerablemente su inversión en defensa durante 2025. El gasto combinado de los aliados europeos aumentó casi un 20% en términos reales respecto de 2024. Además, todos los miembros de la Alianza alcanzaron o superaron en 2025 el objetivo que durante años había estado siendo reclamado por los Estados Unidos pero no logrado: destinar al menos un del 2% del PBI para defensa.
El factor estadounidense
El proceso adquiere una dimensión geopolítica cuando se lo observa desde la relación entre Europa y Estados Unidos. Washington continúa siendo un actor central para la defensa europea.
Sin embargo, dentro de Europa existe una preocupación creciente por la necesidad de asumir una mayor responsabilidad sobre su propia seguridad. Durante años, el continente europeo había dependido excesiva y exclusivamente del poder militar estadounidense. En marzo de este año, Mark Rutte, secretario general de la OTAN,reconoció esta situación, y señaló que se estaba produciendo un cambio en la misma, aclarando que la OTAN sigue siendo un mecanismo central en la defensa europea. La cuestión, entonces, no parece ser simplemente elegir entre Estados Unidos o una defensa europea independiente, sino que el debate gira alrededor de cuánto puede hacer Europa por sí misma dentro de una alianza que continúa incluyendo a Washington.
En otras palabras, una Europa con mayores capacidades militares no necesariamente implica una Europa fuera de la OTAN. Puede significar, por el contrario, una distribución diferente de responsabilidades dentro de la alianza.
¿Autonomía europea o un nuevo equilibrio transatlántico?
La discusión sobre la autonomía estratégica también está pasando del terreno financiero al institucional. En su discurso anual ante el Parlamento Europeo, Ursula von der Leyen, presidente de la Comunidad Europea, anunció que el organismo que preside presentará una nueva estrategia europea de seguridad. Según explicó, Europa necesita adaptar sus instituciones y mecanismos de decisión a un escenario marcado por amenazas híbridas, ciberataques, sabotaje e incursiones de drones.
Sin lugar a dudas, lo más destacado del discurso fue la intención de avanzar hacia un European Security Council, un formato de líderes destinado a concentrarse específicamente en la seguridad del continente. La propuesta todavía debe traducirse en una estructura concreta y forma parte de una estrategia de seguridad que aún está en desarrollo, pero de manera indiscutible, marca la postura de una Europa que busca poseer un mayor peso en la agenda de defensa occidental. El objetivo, por lo tanto, no se limita a gastar más. Se trata de construir una estructura capaz de convertir ese gasto en capacidades militares, industria, tecnología y mecanismos de decisión.
La evolución de la política de defensa europea abre una cuestión que todavía no tiene una respuesta definitiva. Europa está aumentando su gasto militar, impulsando adquisiciones conjuntas, fortaleciendo su industria de defensa y desarrollando nuevas herramientas institucionales. Todo esto apunta a reducir determinadas dependencias estratégicas y a aumentar la capacidad de los Estados europeos para actuar de manera coordinada. Pero el proceso convive con una realidad difícil de ignorar: la OTAN continúa siendo el principal marco de defensa colectiva de la mayoría de los países europeos y Estados Unidos sigue siendo una pieza central de esa arquitectura.
Por eso, más que hablar de una separación entre Europa y Estados Unidos, el escenario actual puede entenderse como una búsqueda de un nuevo equilibrio dentro del hemisferio occidental. La pregunta que queda abierta es hasta dónde llegará ese proceso. Una Europa capaz de producir más armamento, financiar sus propias capacidades y coordinar respuestas ante amenazas puede tener mayor margen de maniobra internacional. Pero alcanzar una verdadera autonomía estratégica requiere mucho más que aumentar presupuestos: implica reducir fragmentaciones nacionales, desarrollar capacidades militares críticas, consolidar una industria competitiva y construir mecanismos políticos capaces de tomar decisiones comunes, además de una decisión política firme y consensuada, siendo este último aspecto el más difícil de conseguir en una Europa convulsionada y dividida.
El viejo continente ya comenzó a recorrer ese camino. Lo que todavía está por definirse es hasta dónde está dispuesta, y si es capaz, de llegar.
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