La Geopolítica de lo invisible: El caso de Chile en la disputa global por la infraestructura digital

 La competencia entre Estados Unidos y China por la infraestructura digital global expone los límites de la autonomía chilena. El caso de los cables submarinos revela cómo decisiones técnicas esconden disputas de poder, obligando a Chile a elegir entre distintos grados de dependencia en un escenario geopolítico cada vez más tenso.


Chile, en las primeras décadas del siglo XXI, ha comenzado a adquirir una relevancia inesperada en el tablero tecnológico global. Más allá de su histórica estabilidad macroeconómica o su rol como exportador de recursos naturales, su ubicación geográfica lo posiciona en la actualidad como un nodo clave en la infraestructura digital que sostiene la economía global.  

En un contexto de creciente competencia entre potencias —en particular entre Estados Unidos y China— por el control de los flujos de información, América Latina deja de ser un actor periférico para convertirse en un espacio de disputa estratégica. En este escenario, Chile no destaca como productor de información, su relevancia radica, más bien, en su condición de enclave estratégico dentro de las rutas submarinas por las que circulan los datos. 

La discusión interna en torno a proyectos como el cable Humboldt o el China-Chile Express, no es meramente técnica ni económica. Detrás de estas decisiones se juega una pregunta más profunda: ¿responden a una estrategia nacional pragmática, basada en intereses propios, o reflejan alineamientos políticos más amplios en un mundo cada vez más polarizado?

Pero la primera pregunta que debemos hacer es ¿Por qué estos cables son estratégicos? Los cables submarinos de fibra óptica transportan más del 95% del tráfico global de datos. A través de ellos circulan transacciones financieras, comunicaciones gubernamentales, información corporativa y gran parte de la actividad digital cotidiana. Lejos de ser una infraestructura meramente técnica, estos cables constituyen la columna vertebral de la economía global.  

Su importancia geopolítica radica en que permiten, y al mismo tiempo, condicionan el flujo de información entre países y regiones. Quién controle, construya o influya sobre estas rutas asegura conectividad, acceso, seguridad y capacidad de vigilancia. En un mundo donde los datos son un recurso estratégico, la infraestructura que los transporta se convierte en un activo de poder.  

Entonces, detrás de la infraestructura digital, late una disputa por poder y control real, donde se entrelazan alianzas políticas e ideologías. Los cables no solo transportan datos, sino influencia y ambiciones de dominio.

El caso del proyecto Chile-China Express expuso con claridad esta tensión. El 27 de enero de 2026, el presidente Gabriel Boric, a solo semanas de entregar el poder, firmó un decreto que autorizaba a la empresa China Mobile a instalar un cable submarino de fibra óptica. Este proyecto busca interconectar Hong Kong con la ciudad costera chilena de Concón, en la Región de Valparaíso. 

Lo curioso, es que dos días después de emitido el decreto, se lo anuló. La explicación fue que había sido un error técnico, sin embargo el trasfondo del “error” es más complejo. Lo cierto es que a tres funcionarios chilenos se les había revocado la visa estadounidense, tras ser acusados por Estados Unidos de participar en actividades que “vulneran la seguridad regional”. Esto dejó en claro que el proyecto excedía lo técnico y activó una respuesta directa de la principal potencia hemisférica. 

Con el cambio de gobierno, encabezado por José Antonio Kast, estas decisiones comenzaron a ser revisadas a partir del 11 de marzo del 2026. En paralelo, tomó fuerza el proyecto alternativo: el cable Humboldt. Este proyecto es el que promociona Estados Unidos. Es un cable submarino de fibra óptica que está desarrollando el Estado de Chile junto con la empresa Google, que conectaría Valparaíso con Oceanía, en especial con Sídney, Australia. 

Lo que está en juego es la primera conexión directa entre Sudamérica y Asia-Pacífico, sin pasar por Estados Unidos ni Europa. No se trata solo de infraestructura, sino de definir nuevas rutas para el flujo global de datos. 

Este episodio sugiere que las decisiones tecnológicas de países como Chile ya no pueden entenderse únicamente en clave de intereses domésticos. Como plantean los politólogos Henry Farrell y Abraham Newman, las redes globales han dejado de ser neutrales para convertirse en instrumentos de poder. Optar por una u otra infraestructura, no es una decisión de desarrollo, sino una forma de inserción en un entramado de dependencias y presiones internacionales. 

Es más que una dicotomía ideológica entre izquierda y derecha. Chile enfrenta el desafío de elegir entre distintos grados de dependencia. En ese marco, su posición geográfica en el continente cobra un valor estratégico ineludible. La infraestructura digital, lejos de ampliar la autonomía chilena, lo va atando a redes donde el poder ya circula, obligándolo a decidir dentro de estructuras previamente trazadas.

La capacidad de Estados Unidos para incidir en las decisiones chilenas no se basa en imposiciones directas. A través de presiones diplomáticas, advertencias en materias de seguridad, control de ecosistemas tecnológicos globales - dominando por empresas como Google, Amazon o Microsoft - y su influencia sobre los flujos de inversión y financiamiento, Washington puede condicionar las decisiones chilenas.  

La postura del canciller chileno Francisco Pérez Mackenna refleja esa tensión. Comentó que el proyecto con China no está descartado, pero tampoco aprobado. Mientras tanto, el cable Humboldt avanza como prioridad estratégica del nuevo gobierno. Chile no cierra la puerta a China, pero hoy la llave parece haberla ganado Estados Unidos.  

En esta competencia internacional, si bien ninguna opción ha sido descartada formalmente, el acercamiento ideológico y la presión regional sugieren que el margen de acción se ha inclinado en favor de Estados Unidos. 

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Autora: María Lucía Bas Cáceres/@luchi_bas



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