El pasado mes de abril, el gobierno Japonés puso fin a su prohibición de exportar armas letales, una de las reformas más profundas de la política de defensa japonesa desde la posguerra. Detrás de esta decisión se encuentra la primera ministra Sanae Takaichi, una mayoría parlamentaria sin precedentes y un orden que parece comenzar a desmoronarse.
Hay países que cambian con discursos resonantes y otros que cambian con un comunicado de gabinete redactado un martes de abril. Japón eligió lo segundo.
El pasado 21 de abril, el gobierno levantó el veto a la exportación de armas letales. Una decisión técnica, casi administrativa, que en los hechos cierra ocho décadas de pacifismo constitucional y abre un capítulo nuevo en la geopolítica del Pacífico.
Hasta esa mañana, Tokio solo podía exportar equipo militar dentro de un pequeño grupo de categorías inocuas: rescate, transporte, vigilancia. A partir de ahora podrá vender misiles, drones de combate y buques de guerra a los aliados con los que firmó acuerdos de cooperación en defensa. Sin embargo, sigue habiendo controles, límites y en principio, una negativa a vender a países en guerra.
Con el fin de entender la magnitud del giro, hay que recordar el momento post Segunda Guerra Mundial, donde Japón renuncia formalmente a la guerra como derecho soberano a través de su nueva constitución y se compromete a "no mantener fuerzas armadas". La paradoja es que Japón sostiene desde hace décadas, uno de los ejércitos más poderosos del mundo bajo el nombre administrativo de Fuerzas de Autodefensa. Entonces tendría sentido pensar que el pacifismo japonés fue durante más de cincuenta años, una pieza de teatro constitucional que todos acordaron creer.
Una figura clave en este contexto es la ministra Sanae Takaichi, primera mujer en encabezar el gobierno japonés y figura del ala más nacionalista del partido oficialista. Llegó al poder con la mayoría parlamentaria más amplia desde el final de la Segunda Guerra Mundial, lo que le da algo que ningún primer ministro reciente tuvo: margen para reescribir reglas que parecían intocables.
¿Por qué ahora? Por la guerra, en plural. Las fábricas estadounidenses, sobrecargadas por Ucrania y por el conflicto con Irán, no dan abasto. Los aliados que dependían de Washington empezaron a mirar hacia otros proveedores, y Japón una potencia industrial sentada sobre décadas de tecnología militar de primera línea vio su oportunidad.
Lo que se asoma detrás de este suceso es algo más grande que un cambio de reglamento. Es el desmoronamiento progresivo del orden de posguerra. Alemania duplicando su presupuesto militar, Polonia agrandando su ejército, la Unión Europea hablando por primera vez en serio de una industria militar propia. La paz americana se está vaciando por dentro mientras que Japón, fiel a su estilo, lo hace sin estridencias.
¿El pacifismo japonés fue una convicción nacional o un arreglo geopolítico que duró mientras convino a todas las partes? Si la respuesta es la segunda (y los hechos sugieren que sí), entonces el verdadero quiebre no ocurrió el 21 de abril en Tokio, sino mucho antes, cada vez que el mundo aceptó que un país pudiera mantener simultáneamente un ejército y la promesa solemne de no tenerlo. La diferencia es que ahora alguien lo está diciendo en voz alta.
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