La competencia tecnológica y la incógnita de Taiwán en la era Trump


A principios de mayo se llevó a cabo una de las cumbres más cruciales de 2026: el encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín. Aunque la agenda abarcó diversos temas, el eje central fue el futuro de Taiwán. Mientras Pekín reafirmó su soberanía sobre la isla y advirtió a Washington sobre el riesgo latente de un conflicto armado, el destino de la región sigue siendo una gran incógnita, especialmente por su rol estratégico en la carrera global por la inteligencia artificial.


¿Cómo afectaría un cambio en la postura de Estados Unidos respecto de Taiwán a la competencia tecnológica con China?




Por Juana Rapallo

El pasado 13 de mayo, el presidente Donald Trump viajó a Pekín para reunirse con su par chino, Xi Jinping. Allí discutieron aspectos importantes para ambas potencias como sus vínculos comerciales y el bloqueo del Estrecho de Ormuz por parte de Irán. Trump, quien realizó su visita de Estado acompañado de los directivos de las más grandes empresas estadounidenses, pidió una mayor apertura económica. Entre los acuerdos alcanzados se encuentran la venta de 200 aviones americanos Boeing y otros en materia de venta de petróleo, soja y carne. Asimismo, ambos líderes mostraron consenso en que Irán no debe poseer armas nucleares y que es necesario normalizar el tránsito de crudo en el Estrecho de Ormuz.


Si bien el encuentro mostró a un Trump adulador, más abierto a mejorar las relaciones y lograr consensos con China, no pasó desapercibida la cuestión de la independencia de Taiwán. Con respecto a este tema, el gigante asiático no admite la idea de un Taiwán independiente. Contrariamente, defiende el proyecto de una sola China. Y eso es algo que Xi Jinping le hizo saber a Trump. Taiwán es un aliado militar importante para Estados Unidos en el Mar del Sur de China. A su vez, es un jugador clave en la cadena productiva de los microchips y, por consiguiente, en la competencia tecnológica entre ambas potencias. Por su parte, Estados Unidos cumple un rol fundamental en la seguridad de la isla, abasteciéndola de armas.


Pese a que la cumbre evidenció la voluntad mutua de estabilizar las relaciones estratégicas, el panorama también registró momentos de fricción. En particular, el presidente Xi Jinping exhortó a Trump a evitar la "trampa de Tucídides", señalando que una escalada en la disputa sobre Taiwán podría conducir a un conflicto bélico frontal entre ambas naciones.


Este escenario, donde aparece una China decidida a mostrarse como un par de Estados Unidos y no más como una potencia emergente, nos conduce al interrogante de qué posición tomará Washington y cómo ello podría afectar su primacía en la competencia tecnológica, principalmente en el marco de la inteligencia artificial.


En el siglo XX, la carrera entre las dos potencias principales (EE.UU y la URSS) giraba en torno al desarrollo de armas nucleares. En la actualidad, la competencia se libra en materia tecnológica, en el tablero de la inteligencia artificial. Mientras que China lidera en el desarrollo de los robots humanoides, Estados Unidos la supera en el mundo de los chatbots, los LLM y los microchips. Al respecto de este último componente, los norteamericanos aplican una red de controles de exportación para dificultar el acceso chino a los mismos.  Es importante destacar que estos microchips son el motor físico de la inteligencia artificial, esenciales para el procesamiento de los LLM.





Las principales cadenas de suministro de estos microchips se encuentran en Taiwán. Tal como se esbozó, quien controla su producción domina la inteligencia artificial y, por ende, lleva el primer lugar en la carrera tecnológica. Renunciar a la autonomía de Taiwán y entregar la isla a China implicaría una renuncia a la base material sobre la cual se construyen los LLM y la abdicación a la supremacía tecnológica. La pregunta que surge es, ¿Está Estados Unidos dispuesto a ello? Especialistas han afirmado que los estadounidenses están lejos de autonomizar su IA y que aún dependen ampliamente de Taiwán.


El panorama es incierto. Trump afirmó no defender ni promover la independencia de Taiwán, pero tampoco respondió directamente respecto a qué pasaría si China tomara por la fuerza la isla. En paralelo, su secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó que la política de larga data hacia Taiwán no se vería alterada.


La lectura final que se puede hacer es la siguiente: Trump con su visita a Pekín ha demostrado fortalecer su relación con China, de cierta manera reconoce la fuerza y el poder del líder asiático en el tablero mundial. Igualmente, China ha fortalecido su postura con respecto a Taiwán y se ha mostrado inflexible al respecto al punto de amenazar sutilmente con una posible guerra si no hay acuerdo. Por último, es innegable que Estados Unidos tiene intereses materiales en Taiwán y que su postura sigue siendo ambigua, sin compromiso alguno hacia alguna de las dos partes.        


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