Los cables submarinos sostienen más del 99% del tráfico global de datos y se han convertido en infraestructura estratégica de la competencia geopolítica. Su vulnerabilidad, la guerra híbrida y el creciente control del Big Tech revelan que el orden digital depende de redes físicas invisibles y altamente sensibles.
Por Chiara Berenice Bruera
A finales de 2024, varios cables submarinos en el mar Báltico resultaron dañados después de que distintos buques arrastraran sus anclas sobre el lecho marino. Oficialmente, muchos de los incidentes fueron catalogados como accidentes. Extraoficialmente, casi nadie en Europa pareció creerlo. Con esto se proyecta un nuevo problema, la incorporación a la geopolítica de las infraestructuras invisibles que sostienen la economía digital global
Durante años, internet fue imaginado como “la nube”, un concepto casi inmaterial. Pero en la realidad, más del 99% del tráfico internacional de datos circula a través de cables submarinos de fibra óptica desplegados en el fondo del océano. La “nube” siempre estuvo bajo el mar.
Existen cientos de cables submarinos activos que recorren y conectan continentes enteros mediante puntos de aterrizaje distribuidos a lo largo del planeta. Por ellos circulan transacciones financieras, comunicaciones militares, operaciones diplomáticas, servicios de inteligencia, plataformas digitales y prácticamente toda la infraestructura cotidiana de la economía contemporánea. El sistema financiero global, las videollamadas, las operaciones bursátiles y hasta el funcionamiento de plataformas como Google, Amazon o Microsoft dependen de una red física frágil.
La creciente competencia entre grandes potencias comenzó a modificar la percepción de los cables submarinos, que eran percibidos como meramente comerciales o técnicos. El mar Báltico se convirtió en uno de los principales ejemplos de esta transformación. Desde el inicio de la guerra en Ucrania y la incorporación de Finlandia y Suecia a la OTAN, la región pasó de ser un espacio relativamente estable a convertirse en un escenario de confrontación híbrida. En este nuevo contexto, los cables submarinos comenzaron a ocupar un lugar cada vez más relevante dentro de la lógica de competencia entre Rusia y Occidente. Los daños recurrentes sobre infraestructuras submarinas, las dificultades de atribución y el uso de embarcaciones civiles como posible cobertura para operaciones encubiertas reflejan esa nueva dinámica de “zona gris”, donde resulta difícil distinguir entre accidente, negligencia y sabotaje.
Estos sistemas tienen sus vulnerabilidades, por un lado, su estructura, ya que atraviesan muchas jurisdicciones, zonas económicas y aguas internacionales; por lo que su regulación entraría en conflicto. Por otro lado, el dominio marítimo ofrece condiciones ideales para la negación, anclas arrastradas, sistemas de identificación apagados, accidentes difíciles de verificar y operaciones encubiertas que rara vez pueden atribuirse con certeza.
Por todo esto los cables submarinos encajan dentro de la lógica contemporánea de guerra híbrida. No hace falta destruir completamente una infraestructura para generar presión económica, incertidumbre política o disrupción estratégica. Basta con aumentar la percepción de vulnerabilidad.
En el estrecho de Ormuz se concentran varios sistemas críticos de cableado submarino que conectan el Golfo Pérsico con Asia, Europa y África. La acumulación geográfica de cables en ciertas rutas marítimas convierte a estos espacios en puntos de sensibilidad estratégica. Una escalada militar, un bloqueo naval o incluso daños indirectos provocados por embarcaciones fuera de control podrían afectar flujos energéticos y comunicaciones digitales globales.
A esto se suma otro fenómeno: la privatización de la infraestructura global de internet. Durante años, los Estados y operadores tradicionales dominaron el despliegue de cables submarinos. Hoy en día, las grandes empresas tecnológicas concentran una porción cada vez mayor del tráfico mundial de datos y financian buena parte de las nuevas redes intercontinentales. Google, Amazon, Microsoft y Meta dejaron de ser solo plataformas digitales para convertirse en actores de infraestructura estratégica. La economía digital contemporánea depende cada vez más de empresas privadas capaces de controlar servicios, centros de datos, plataformas de inteligencia artificial y las rutas físicas de transmisión de información.
El sistema internacional actual parece cada vez más definido por infraestructuras que casi nadie ve. Gasoductos, rutas marítimas, satélites, semiconductores y cables submarinos conforman una red donde convergen seguridad, tecnología, economía y geopolítica. La competencia entre potencias ya no se desarrolla únicamente sobre territorios o mercados, sino también sobre la resiliencia de sistemas físicos que sostienen el funcionamiento cotidiano de la globalización.
Y quizás esa sea la principal contradicción del orden digital contemporáneo: cuanto más invisible parece el funcionamiento del mundo, más depende de infraestructuras físicas vulnerables, concentradas y profundamente estratégicas.
Sobre la autora:
Instagram: @chiara_bere

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