Consecuencias de la guerra entre Israel y Palestina

 El ensayo de @maxifigueroatomas, "Consecuencias de la guerra entre Israel y Palestina", expone una realidad cruda: el conflicto va más allá de un enfrentamiento territorial. Es un síntoma de un orden internacional en crisis, donde la fuerza parece reescribir las normas.

                

                                                                                            Escrita por: Maximiliano Figueroa Tomás

    Al menos 15 miembros de la Liga Árabe han aprobado que en sus manuales educativos sobre geografía de Oriente Medio, no aparezca Israel. En su lugar, todo el territorio se denomina Palestina, dejando en evidencia la profundidad histórica y la irresolución del conflicto palestino-israelí que proviene desde 1948. En este sentido, los ataques del 7 de octubre de 2023 por parte de Hamas, grupo catalogado como organización terrorista por numerosos países de occidente y diversos organismos internacionales, han intensificado el conflicto bélico, reforzando posiciones antagónicas y dejando entrever la frágil paz construida en la región, la superficialidad de los acuerdos establecidos y la profunda crisis del multilateralismo contemporáneo.

    Esto puede verse reflejado en la Organización de las Naciones Unidas, ya que establece en su Carta el propósito de mantener la paz y la seguridad internacional tomando medidas colectivas eficaces que permitan alcanzar este fin. Sin embargo, parecería que nos encontramos frente a un debilitamiento institucional que lleva a cuestionarse la eficacia del sistema multilateral. Las relaciones internacionales parecen asemejarse más a alineamientos políticos, como los intereses de Estados Unidos o Irán en la zona y a cuestiones económicas, como el intercambio comercial armamentístico de Israel. Sin lugar a dudas, el desarrollo de este conflicto ha demostrado el debilitamiento que acarrea el derecho internacional y consolida la preponderancia del más fuerte por sobre las normas jurídicas internacionales.


Análisis geopolítico, económico y regional del conflicto palestino-israelí

    Una demostración de lo mencionado puede observarse en el funcionamiento de la Organización de las Naciones Unidas, ya que este organismo constituye uno de los principales escenarios en donde se manifiestan las tensiones globales derivadas de la guerra palestino-israelí. En el año 2012, en la Asamblea General de Naciones Unidas, Palestina obtuvo el estatus de Estado observador no miembro y luego, durante los días 21 y 22 de septiembre de 2025, 11 países, entre los cuales se encuentran Francia y Reino Unido, formalizaron el reconocimiento del Estado de Palestina, logrando alcanzar el número de 148 miembros de los 193 que componen la organización. También, desde la Secretaría General, Antonio Guterres, ha sostenido que la creación de un Estado para los palestinos es un derecho y no una recompensa. Sin embargo, dentro del Consejo de Seguridad, Estados Unidos es el único país de los cinco miembros permanentes que no reconoce a Palestina y ha vetado en diferentes ocasiones la posibilidad para incluirlo como Estado miembro de la organización.

    Parecería ser que la eficacia real de la ONU presenta importantes limitaciones ya que el poder de veto de Estados Unidos es un condicionante de la capacidad de acción colectiva de la organización. Las decisiones políticas tomadas hasta la actualidad, no han permitido el cese del conflicto, la crisis humanitaria y el desabastecimiento severo de la población civil son un hecho, lo que demuestra que las acciones diplomáticas realizadas en el fuero de la organización no son suficientes para dirimir los efectos negativos del conflicto.

    También, pueden observarse los efectos económicos que ha traído aparejada esta contienda. Por un lado, Israel ha recibido cerca de 260.000 millones de dólares de Estados Unidos desde 1948 hasta 2023. También, en proporción a su PBI, el gasto militar israelí para el 2025 ronda entre el 8% y el 10%, el más alto desde los años noventa, según datos publicados por la BBC. Los armamentos adquiridos provienen principalmente de EE.UU. y Alemania. Por otro lado, su comercio exterior se encuentra diversificado principalmente en la exportación de bienes y servicios de alta tecnología, manufacturas avanzadas y recursos energéticos, al tiempo que depende de la importación de materias primas y combustibles. Esta capacidad económica y militar que denota Israel constituye una fuente concreta de poder internacional, que se traduce en la capacidad de sostener operaciones militares prolongadas aún frente a cuestionamientos diplomáticos y jurídicos.

    En contraste, en el territorio palestino, a principios de 2024, entre el 80% y el 96% de los activos agrícolas de Gaza, como granjas y huertos, fueron devastados y gran parte de las empresas del sector privado fueron dañadas por las hostilidades de la guerra según un informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Para Palestina, entre el 70% y el 80% de su comercio depende de Israel, esto debido a los controles que este ejerce y a la subordinación comercial en la que se encuentra, lo que reduce considerablemente la autonomía económica palestina y limita su capacidad de recuperación, consolidando una relación profundamente asimétrica entre ambas economías. En consecuencia, la dimensión económica no solo financia la guerra, sino que también configura una estructura de poder que condiciona las posibilidades de alcanzar una paz sostenible.

    Por consiguiente, el rol de los países del mundo juega un papel crítico en este conflicto. Las potencias occidentales, como Estados Unidos, tradicionalmente han sido aliadas de Israel. Esto se debe en primera medida a que este país es percibido por el gobierno norteamericano como aquel que comparte instituciones democráticas liberales y valores políticos propios de Occidente aunque se encuentre ubicado en el corazón de Medio Oriente. Esta ubicación geoestratégica sirve a Estados Unidos como contrapeso frente a otros actores internacionales como Irán. Diversas fuentes, como el New York Times, en 2018 revelaron públicamente cómo el Mossad israelí sustrajo y compartió con Estados Unidos y otros aliados cientos de documentos del archivo nuclear secreto iraní, Proyecto Amad, sirviendo de sustento técnico para evaluar el programa atómico de Teherán. Esto demuestra que la cooperación bilateral responde a intereses estratégicos convergentes. Estados Unidos, entre sus objetivos, busca evitar el desarrollo nuclear iraní, mientras que Israel procura mantener su superioridad militar en la región, basando su estrategia en los principios del realismo clásico para asegurar su supervivencia. A su vez, Irán apoya al denominado Eje de la Resistencia. Todo esto denota cómo las alianzas estratégicas permiten una escalada del conflicto de manera global.

    Por último, la reacción de los países de América Latina refleja cómo el conflicto ha reconfigurado las relaciones internacionales contemporáneas. Bolivia rompió relaciones diplomáticas con Israel el 31 de octubre de 2023 al calificar su ofensiva militar como una violación del derecho internacional, mientras que Chile, Colombia, Honduras y Belice retiraron a sus embajadores y formularon protestas diplomáticas. En el caso colombiano, la decisión se profundizó cuando el presidente Gustavo Petro dispuso el cierre de la misión diplomática en Israel en mayo de 2024, postura que sin embargo el gobierno entrante de Abelardo de la Espriella ya ha comenzado a revertir en 2026, restableciendo relaciones diplomáticas y comerciales. Brasil, por su parte, también adoptó una postura crítica: el presidente Luiz Inácio Lula da Silva comparó la ofensiva israelí en Gaza con el Holocausto, declaración que provocó una fuerte crisis bilateral, derivó en la retirada del embajador brasileño y motivó que el gobierno de Benjamin Netanyahu lo declarase persona non grata. Estas posiciones evidencian que buena parte de América Latina procura proyectar una política exterior más autónoma y con mayor énfasis en la defensa del derecho internacional humanitario, aun cuando ello implique tensiones diplomáticas con Estados Unidos e Israel. En contraposición, Argentina constituye una excepción dentro de este escenario regional. El gobierno de Javier Milei, profundizó su alineamiento político con Israel y Estados Unidos, respaldando el derecho israelí a la legítima defensa y fortaleciendo la cooperación bilateral. De este modo, mientras una parte importante del Sur Global latinoamericano adoptó una postura crítica y reivindica el derecho internacional, Argentina optó por una estrategia de alineamiento, mostrando un comportamiento que reivindica las alianzas por sobre el derecho internacional.

    En conclusión, el conflicto palestino-israelí difícilmente encuentre una solución duradera en el corto plazo y deja al descubierto profundas fracturas en el orden internacional contemporáneo. La paz parece no depender únicamente de acuerdos políticos o diplomáticos, sino del respeto por el derecho internacional y por la construcción de condiciones económicas que permitan sostener una convivencia estable entre ambas sociedades. En ese aspecto, Israel parte de una posición significativamente más favorable debido a su superioridad económica, tecnológica y militar, fortalecida además por su estrecha alianza estratégica con Estados Unidos.

    Este vínculo trasciende el plano de la seguridad y se proyecta sobre el comercio, la cooperación tecnológica y la capacidad de influir en organismos internacionales, consolidando una posición de poder difícil de contrarrestar. Frente a esta marcada asimetría, los sectores palestinos continúan enfrentando severas limitaciones políticas, económicas y territoriales, circunstancia que conlleva a la persistencia de ciclos de violencia y radicalización. En consecuencia, el conflicto no solo cuestiona la eficacia del multilateralismo y del derecho internacional para resolver las disputas más complejas de nuestro tiempo, sino que también evidencia que, en la práctica, la distribución del poder continúa condicionando la aplicación de las normas internacionales y las posibilidades reales de alcanzar una paz sostenible.

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