El caso Rafael Grossi ¿Qué beneficios presentaría a la Argentina su elección como Secretario General de las Naciones Unidas?
El caso Rafael Grossi
¿Qué beneficios presentaría a la Argentina su elección como Secretario General de las Naciones Unidas?
Rafael Grossi, exjefe del OIEA, se perfila entre los favoritos a Secretario General de la ONU. Su candidatura reposiciona a Argentina en la escena diplomática internacional, sumando prestigio, visibilidad en la agenda nuclear y en el reclamo por Malvinas, aunque el poder real del cargo sigue siendo limitado.
Escrito por: María Lucía Bas Cáceres
Resumir el currículum de Rafael Grossi en una sola nota es una tarea difícil, pero hay hitos que nos explican cómo llegó a ser uno de los tres candidatos para Secretario General de las Naciones Unidas y por qué su candidatura podría ser beneficiosa en el mundo diplomático para la Argentina
En 1985 ingresó al Servicio Exterior argentino tras su formación como politólogo en la Universidad Católica Argentina. Su carrera en el ámbito de la seguridad internacional comenzó a tomar forma entre 1998 y 2001, cuando fue designado representante de Argentina ante la OTAN. Entre 2002 y 2007 ocupó el cargo de Jefe de Gabinete de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), en La Haya, donde se especializó en desarme y control de armamento.
En 2010 ingresó formalmente al organismo que años después terminaría dirigiendo: hasta 2013 se desempeñó como Director General Asistente y Jefe de Gabinete del OIEA. Entre 2014 y 2016 presidió el Grupo de Suministradores Nucleares (GSN), y se convirtió en la primera persona en la historia en repetir dos mandatos consecutivos en ese cargo. En 2015 llegó uno de sus mayores logros multilaterales: al frente de la Conferencia Diplomática de la Convención sobre Seguridad Nuclear, consiguió la aprobación unánime de la Declaración de Viena sobre Seguridad Nuclear, en el marco de la respuesta internacional al accidente de Fukushima (2011). Finalmente, en 2019 asumió como Director General del OIEA, cargo que ocupa hasta el día de hoy.
Dos episodios importantes terminaron de construir su perfil internacional. El primero fue su negociación directa con Rusia y Ucrania para evitar que la central nuclear más grande de Europa, atrapada en pleno frente de guerra, derivara en un desastre. En esa oportunidad llegó a viajar personalmente a la zona de conflicto, algo poco habitual para un funcionario de su rango. El segundo momento llegó cuando fue interlocutor en la crisis por el programa nuclear iraní, que lo expuso ante todas las partes involucradas al punto de recibir una amenaza de muerte y requerir custodia permanente. Grossi terminó siendo la figura que ambos bandos, aun enfrentados, aceptaban como interlocutor.
Ese es, quizás, su mayor valor: el prestigio construido sobre la neutralidad política. Él no hizo carrera en política partidaria, sino en organismos técnicos multilaterales, y logró sostener sus mandatos y su reconocimiento internacional mientras distintos gobiernos argentinos, de signos opuestos, se sucedían en el poder. Esto es algo poco frecuente entre diplomáticos y refuerza la idea de que su trayectoria trasciende la coyuntura política local.
¿Cuáles serían para la Argentina los beneficios de tener a Rafael Grossi como Secretario General de la ONU?
En primer lugar, implicaría un fuerte prestigio e influencia diplomática. Tener un argentino en el cargo más alto del sistema multilateral eleva la visibilidad internacional del país, más allá del signo político del gobierno de turno. Vale aclarar, sin embargo, que el poder del Secretario General es limitado: según la Carta de la ONU, no puede recibir instrucciones de ningún país miembro, y su margen de acción real está condicionado por el veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Siguiendo el pensamiento de Hans Morgenthau, el prestigio es una de las políticas fundamentales en el sistema internacional, y es justamente ese poder blando el que representaría el verdadero valor para la Argentina.
En segundo lugar, como ex titular del OIEA, es esperable que la agenda de energía nuclear con fines pacíficos gane visibilidad. Argentina podría aprovecharlo ya que somos de los pocos en la región con desarrollo nuclear propio, con plantas como Atucha y Embalse, y con INVAP como empresa estatal exportadora de tecnología. A esto se suma la posibilidad de ganar mayor apoyo en otras negociaciones internacionales como el comercio, temáticas relacionadas al financiamiento y foros multilaterales, gracias a la cercanía informal con el organismo.
Una temática siempre central para nuestro país es la cuestión Malvinas, muy mencionada en las últimas semanas. El reclamo se tramita hace décadas en el Comité de Descolonización de la ONU, que cada año emite una resolución instando a Argentina y Reino Unido a retomar las negociaciones bilaterales. Tener un Secretario General argentino podría, como mucho, cambiar el tono y la exposición del conflicto, ya que conoce el reclamo desde adentro; pero el cargo exige actuar con neutralidad e independencia respecto del país de origen. Es, entonces, una oportunidad de visibilidad simbólica, no de resolución efectiva.
Vale remarcar, además, que esta no es la primera vez que un diplomático de carrera argentino tiene la chance de llegar a la Secretaría General. En 2016, Susana Malcorra, canciller durante la presidencia de Mauricio Macri y Jefa de Gabinete del Secretario General Ban Ki-moon entre 2012 y 2015, fue una de los 12 candidatos considerados para el cargo. Tenía un currículum impecable, apoyo incluso de China y una carrera brillante dentro de la propia ONU, y aún así no logró los votos necesarios para convertirse en Secretario General. Un antecedente que sirve como recordatorio: la candidatura de Grossi es sólida, pero todavía no hay garantías de nada.
Un aspecto a destacar, es que a pesar de que su candidatura tiene el respaldo formal del gobierno de Milei, nunca ha sido una figura política en sentido estricto. Su carrera diplomática y alejada de debates internos, fue construida en organismos técnicos multilaterales y logró sostenerse mucho tiempo con diversos gobiernos argentinos de signos opuestos, algo que refuerza su credibilidad para la votación.
El resultado de esta carrera sigue abierto: el Consejo de Seguridad inició las votaciones de sondeo el 30 de julio de 2026, y hacia fines de agosto Grossi ya figuraba entre los tres candidatos con más apoyo, apenas detrás de la guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett y empatado con la costarricense Rebeca Grynspan. Sin embargo, el filtro decisivo todavía no llegó: recién cuando las potencias con poder de veto empiecen a definir posiciones se sabrá si el consenso técnico que construyó a lo largo de su carrera alcanza para torcer una elección.
Más allá del resultado, la sola presencia de un argentino entre los favoritos ya reposicionó al país en una conversación diplomática de la que estuvo ausente durante una década. El verdadero valor de esta candidatura, no está en lo que Grossi podría resolver desde el cargo, sino en el prestigio y la exposición que le devuelve a la Argentina en el sistema internacional.
Sobre la autora:
María Lucía Bas Cáceres - Instagram: @luchi_bas
muy buena exposición, clara y concisa!
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