En sistemas de gobierno presidencialistas como el argentino, el jefe de
Estado es a su vez el jefe de gobierno, y es externo al parlamento. A
diferencia de los sistemas parlamentarios, donde el jefe de gobierno es un
primer ministro surgido en el seno del parlamento, y el jefe de Estado es una
figura más protocolar y sin injerencia en la gestión gubernamental. No hay
sistema perfecto, ya que cada uno conlleva sus ventajas y desventajas.
En la reforma constitucional de 1994 se
introduce la figura del jefe de gabinete con la intención de atenuar un poco la
figura presidencial, y aliviarlo en la tarea del ejercicio de la presidencia
introduciendo un cargo que, como ministro coordinador de las áreas de gobierno,
se ocupe ni más ni menos que de la administración general del país y de los
negocios de la nación, tal como reza la carta magna. La idea de la creación de
este cargo, surgida desde Alfonsín y el radicalismo, era dar lugar a una especie
de primer ministro. Esto último tiene lugar cuando una vez por mes el jefe de
gabinete debe dar cuenta de la marcha del gobierno en una de las cámaras del
Congreso, como lo hace un primer ministro en los parlamentarismos. Además, el
artículo que contempla la posibilidad del Poder Legislativo de ejercer la
moción de censura se asemeja a la capacidad de los sistemas parlamentarios para
disolver el gobierno, aunque en este caso se trate solamente de la remoción de
un miembro del gabinete. La naturaleza del presidencialismo es algo
contradictoria para con la génesis de dicho cargo, ya que éste es nombrado y
removido a voluntad del titular del Ejecutivo.
Habiendo tenido gobiernos de cuatro signos
políticos (PJ, UCR, PRO y LLA), podemos decir que la introducción del jefe de
gabinete no ha atenuado la figura del presidente, y aquel ha sido eyectado cada
vez que las necesidades del Poder Ejecutivo así lo han demandado.
El gobierno de Macri mantuvo el mismo jefe de
gabinete, Marcos Peña, durante todo el mandato. Peña era una suerte de
consejero que, como parte del riñón de Macri, siempre estuvo firme en el cargo.
Pero no por representar una figura de peso frente a un parlamento adverso y
combativo, sino por ser una extensión de las consultoras que asesoraron no dar
malas noticias y no tomar medidas demasiado drásticas.
Durante el nefasto gobierno de Alberto
Fernández, ya sucedía algo extraño de forma originaria, porque el presidente
tenía menos poder que la vicepresidente. El primer jefe de gabinete, Santiago
Cafiero, jamás estuvo cerca de ser una suerte de primer ministro, sino que su
figura era aún más paupérrima que la del desdibujado presidente. Cuando asume
Manzur, se logró un efecto de darle un mayor peso político al gabinete al tomar
las riendas ni más ni menos que el gobernador de una provincia, y Sergio Massa,
quien pasó a ser el ministro de economía, se cargó al hombro la gestión
haciendo un desastre con tal de ganar las elecciones.
En el gobierno libertario, Posse, depuesto
rápidamente del cargo, era un jefe de gabinete tecnocrático: era un outsider,
que se encargaba de la gestión y ni siquiera asistía al Congreso como la ley lo
demanda. Francos fue todo lo contrario, teniendo reconocimiento por parte de
los demás bloques legislativos, pero consumido por las internas. Adorni, un
soldado de Karina Milei, pudo haberse asemejado al ideal originario del jefe de
gabinete porque fue el único que casi provoca que se utilice por primera vez la
moción de censura, ensuciado por los escándalos patrimoniales.
El nombramiento de Santilli como jefe de
gabinete parece ser un retorno a la gestión de Francos, con el Ministerio del
Interior absorbido por la Jefatura de Gabinete, en un rol preponderante como
articulador con los gobernadores y el Congreso. Tal absorción de funciones
tiene mucho sentido, ya que gran parte de los diputados y senadores responden
al gobernador de su provincia.
Será la primera vez desde 1994 que ocupa el
cargo un dirigente perteneciente a una fuerza política distinta a la del
presidente. Esta cuestión representa un dilema: por un lado, en un gobierno que
vino a combatir la casta es nombrado en el puesto más importante después del
presidente a un político profesional, un oportunista que ha merodeado en el
peronismo, después en el larretismo y ahora en el espacio libertario, muy lejos
de los valores que Milei defiende. Y, por otro lado, esta cualidad de político
de raza le otorga a Santilli un halo de nexo con el parlamento para lograr
consensos básicos y necesarios, siendo esta vez una cierta especie de primer
ministro, más cercano al ideal de la génesis del cargo en la reforma de 1994. A
esta altura, después de los escándalos y pensando en que la próxima elección va
a dirimirse entre LLA y el peronismo kirchnerista, tal vez lo primero ya no
importe demasiado. Probablemente LLA no rompa el sistema, sino que tan solo
logre modificarlo: hoy el escenario es parecido a cuando el bipartidismo
disputaba al PJ frente a Cambiemos, cambiando el amarillo por el violeta
libertario, aunque ahora con tonalidades amarillas. El nuevo jefe de gabinete
es un síntoma de esta asimilación.
Auto: Tomás Racki. Instagram: tomasracki.
Tomás Racki es politólogo, diplomado en seguridad ciudadana y se encuentra realizando una maestría en administración y políticas públicas.
Comentarios
Publicar un comentario
Dejanos tu opinión acerca del tema.